BILBAO

ARTEMORFOSIS

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Cuando Frank Gehry proyectó el Museo Guggenheim Bilbao algo cambió para siempre. Bilbao hoy ha pasado de ser una ciudad industrial a convertirse en un referente artístico para visitantes de todo el mundo. Y lo ha sabido hacer sin perder un ápice de su personalidad de hierro y agua.

Bilbao. Explanada del Museo Guggenheim

Bilbao es la primera capital que conocí de Euskadi y también es a la que siempre sueño regresar. Tengo querencia por las ciudades industriales, pero esta nos ha sorprendido a mí y al mundo con una transformación radical que, sin perder un ápice de su identidad la ha convertido en puro arte expuesto donde antes había hierro y carbón. Con un impresionante plan de regeneración medioambiental y urbana, el Nuevo Bilbao desprende belleza. Y reluce. Tanto como las paredes de titanio de su buque estrella, el Museo Guggenheim Bilbao, diseñado por el arquitecto canadiense Frank Gehry y que fue el detonante más visible de la ‘artemorfosis’ que ha vivido la capital de Bizkaia.

Bilbao. Torre Iberdrola

Los antiguos terrenos industriales se han reconvertido en una transformación espacial de Abandoibarra, la amplia zona donde se encontraban los astilleros y diversas empresas industriales, que ha sido premiada internacionalmente y ha situado a Bilbao como un potente destino turístico. Ahora, Abansoibarra es una de las zonas turísticas más visitadas de la ciudad. En ella hay numerosos edificios creados en una apuesta por modernizar la ciudad y dotarla de una belleza artística que también es funcional. Todos están firmados por reconocidos arquitectos que han ido dejando su firma para convertir a Bilbao en una joya arquitectónica, una ciudad donde el futuro se ha hecho presente.

Así, encontramos el Palacio Euskalduna, firmado por Federico Soriano y Dolores Palacio. O la Nueva Biblioteca de la Universidad de Deusto, de Rafael Moneo. O la Torre Iberdrola, proyecto del arquitecto César Pelli que, con sus 165 metros de altura, es el edificio más alto de Euskadi y el rascacielos de oficinas más grande del estado con sus 50.000 m2. Su fachada se asemeja a una reluciente piel translúcida gracias a los paneles de cristal diseñados en exclusiva para este edificio. Sin duda también el Metro de Bilbao, diseñado por Sir Norman Foster, ha supuesto otra revolución en la ciudad. Como una auténtica arteria formada por las bellas líneas que caracterizan la arquitectura de Foster, une cada rincón y, a través de él, viajar por el interior de Bilbao se convierte en un rápido juego. Si ha supuesto un ahorro importante de tiempo para quienes viven en la ciudad, también lo es para quienes la visitan. Más aún, a través del metro es posible llegar a algunas de las más bonitas playas de Bizkaia.
Aunque no se trata de un nuevo edificio, ni está en esa zona, la Alhóndiga también figura entre las visitas imprescindibles. Antiguo almacén de vinos de estilo modernista, obra del arquitecto Ricardo Bastida, se reformó con un proyecto firmado por Philippe Starck que lo ha convertido en un espectacular centro cultural de 15.000 m2 destinados al ocio, con cines, gimnasio, auditorio o sala de exposiciones. También cuenta con una impresionante plaza llamada el Atrio de las Culturas que da la bienvenida al visitante y en la que se yerguen 43 columnas de estilos arquitectónicos diferentes. Desde esa misma plaza se puede contemplar la Terraza del Sol, una espectacular piscina transparente situada en la cubierta. La lista de edificaciones es larga pero, entre todos destaca con nombre propio el Museo Guggenheim Bilbao, el responsable de esta transformación en la que el arte ha tomado las calles en una simbiosis perfecta con la ciudad.

Bilbao. Palacio Euskalduna

Se cuenta que el arquitecto Frank Gehry, cuyo nombre permanecerá unido al de Bilbao por la eternidad, subió al monte Artxanda y, cuando vio Bilbao desde su cima, dijo: ‘Ese es el lugar’. Ya nada volvió a ser igual. Contemplar esa misma vista aérea de la ciudad que tanto impresionó a Gehry está al alcance de cualquiera gracias al Funicular de Artxanda que hace el recorrido por el monte desde 1915.

Con un atrevido diseño, el Guggenheim parece un un barco, un pez o una flor dependiendo desde donde se mire. Frente a él, impresiona la Araña de Louise Bourgeois, una escultura que simboliza a la madre y que hace que, si te colocas bajo su vientre, te surjan muchas preguntas y sentimientos contradictorios, o no.

Bilbao. Vista desde la ría del Museo Guggenheim y la Torre Iberdrola

En cualquier caso, es una de las obras más espectaculares y se ha convertido en un emblema del museo como el perro Puppy, de Jeff Koons, el cachorro recubierto de flores que guarda la entrada del centro artístico.

Dentro, una exquisita colección permanente y mil y una sorpresas en forma de exposiciones eventuales, conforman una atractiva oferta para sus visitantes. Pero, además, el edificio y sus formas orgánicas siguen siendo protagonistas incluso dentro. Cuando estén en las pasarelas de arriba y lo miren en toda su plenitud, lo comprenderán.

Tras visitarlo una vez más, y nunca me cansa, decido hacer algo distinto como ver la ciudad desde el agua, desde la Ría del Nervión paleando una piragua. Además del brillo del titanio de Guggenheim y su transformación urbanística, Bilbao ha realizado una profunda recuperación medioambiental. La urbe entera y sus habitantes se giraron al fin a mirar su Ría que hoy les acoge para largos paseos por su ribera. No se puede comprender del todo a esta ciudad sin conocer a fondo la historia de estas aguas siempre mutables, siempre perpetuas.

Alquilo una piragua por 10 euros y allí conozco a Txomin, quien me explica brevemente las opciones. Podría ir sola, con pareja, amigos o apuntarme a una travesía guiada. Me decido por esta última para aprender más. El viaje comienza junto al Museo Marítimo, donde nos explican las normas de seguridad y cómo darle a la pala para mover la piragua. Embutida, como buena friolera, en un neopreno que me han proporcionado ellos, nos lanzamos al agua acompañados de guías titulados. En cada puente se hace una parada y nos cuentan historias muy interesantes. Los reflejos del sol en el agua de la ría irradian los edificios que la jalonan con una luz especial. Apenas sale un rayo todo se ilumina y los colores refulgen, es el momento en que Bilbao se pone más bonita, como si presumiera de sus encantos.

Desde mi piragua contemplo todo maravillada. Pasamos por debajo del Puente de Deusto donde vemos de cerca los dos túneles llenos de poleas que se usaban para abrirlo a los grandes barcos de mercancías. Un ¡oooooh! de admiración sale de nuestras bocas. Es impresionante, como también la Torre Iberdrola vista desde el agua, o el Museo Guggenheim Bilbao, los siete edificios que compone Isozaki Atea con los dos principales destacando en el horizonte, el puente de Calatrava, precioso por debajo, el Ayuntamiento...

Bilbao. Puppy. Museo Guggenheim

Muchos de los más emblemáticos edificios de la ciudad se pueden ver en este recorrido pero es San Mamés, el estadio del Athletic Club, el equipo de fútbol de Bilbao, el que suscita más preguntas y al que se le disparan más fotos. Con una impresionante trayectoria y con el honor de ser un club que pertenece solo a sus socios y que además solo juega con jugadores locales, más que un club es un referente de cómo se deben hacer bien las cosas.

Txomin nos explica que a finales del siglo XIX, los ingleses que trabajaban en los puertos vizcaínos se reunían a jugar al football, un deporte prácticamente desconocido aún en la Península. En los jóvenes bilbaínos surgió el interés y el deseo de jugarlo y así nació el Athletic Club en 1898, aunque se constituyó formalmente en 1901. Desde entonces, ha hecho Historia por muchas razones, entre ellas ocho títulos de Liga. ¡Aúpa Athletic!

Al final de recorrido acabamos jugando dentro de las limpias aguas de la Ría. Nos despedimos y me prometo a mí misma regresar para hacer esta excursión de noche, cosa que se puede hacer cada viernes.

El deporte da hambre y yo, la verdad, me muero por irme de pintxos al Casco Viejo, también conocido como el lugar dónde empezó todo: las Siete Calles, un espacio turístico digno de visitar que conserva todas las tradiciones y señas de identidad de la ciudad. Tras dejar la piragua y despedirme, me dirijo a las callejuelas que han visto crecer a esta ciudad. Se trata de una zona perfecta para perderse caminando y disfrutar de algunos de los clásicos pintxos acompañado de un zurito (una pequeña cerveza), un kalimotxo (vino con refresco de cola, el favorito de los más jóvenes), una sidra, un txakoli o un buen vino de Rioja Alavesa. O pedirse un 'agua de Bilbao', o lo que es lo mismo, una copa de cava como la denominan los autóctonos porque, según, dicen 'aquí el champán se bebe como agua'.

Tras varios pintxos con sus correspondientes caldos, tengo antojo de dulce y hay varios que probar. Por ejemplo, una carolina, creación de un pastelero cuya hija adoraba el merengue y que hizo una cestilla llena de él para su pequeña. La niña se llamaba Carolina, claro, y así bautizó el pastelero a su creación, hoy muy popular en las confiterías de la ciudad. Pero mi favorito es el bollo de mantequilla, un suizo con crema nada light pero delicioso.

Carolina

Pienso que en solo 25 años, con la reconversión industrial, Bilbao se ha convertido en una magnífica ciudad de servicios dando un giro radical a su economía. Lo ha hecho bien, con inteligencia y esfuerzo. Multitud de turistas recorren Bilbao para probar sus encantos. La ciudad acoge y se puede ver en la multiculturalidad de su centro histórico, sin perder por ello un gramo de su alma vasca.

Aunque Bilbao ha mudado su piel, su espíritu, ese que atrae como un imán, continúa vivo. Sus gentes lo mantienen imperecedero. La característica más conocida de la gente bilbaína es que consideran a su ciudad como la mejor del mundo, su querido Botxo, como la llaman cariñosamente por estar rodeada de montañas. Ese profundo orgullo ha dado pie a multitud de chistes y bromas que ellos y ellas mismos cuentan ufanos. El propio diccionario bilbaíno dice: "al bilbaíno se le distingue por vestir muy elegante y, a la menor ocasión, ponerse la camiseta del Athletic, por ser fanfarrón y por el vocabulario que utiliza". Personalmente, tras mis visitas a la ciudad, creo que lo que tienen es un profundo amor por su ciudad y, además, cuentan con un humor socarrón y una ironía muy, muy fina. Entre sus habitantes lo califican como tener una personalidad txirene, o sea, bromista y excéntrica. Una txirenada, por ejemplo, sería decir algo que todo el mundo sabe:

Dios no solo era vasco, sino que nació en Bilbao.

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